lunes, 23 de mayo de 2011

"El Don de Dora"

Me gustaría compartir con vosotros un relato mío. A sido publicado en el libro "Las mujeres cuentan" por la Generalitat Valenciana.

" Un grito aterrador resonó en la mente de Dora. Los árboles lloraban mientras los animales pedían ayuda y el bosque entero suplicaba clemencia.
El peso de la pena se afirmó en su pecho oprimiéndolo hasta casi ahogarla; era un sentimiento nuevo, de pérdida, soledad, una parte de ella moría con cada lamento de la tierra. El olor acre inundó sus fosas nasales, el humo empañó su visión. Corrió hacia donde el dolor era insoportable topándose con ciervos desorientados, ardillas llenas de pánico, pajarillos revoloteando histéricamente intentando huir de las llamas.
Sus hermanas estaban cerca, sentía su presencia. El calor se volvía cada vez más sofocante, al igual que el miedo y el vacío irremplazable de su alma. Sus pies parecían flotar sobre la hierba carbonizada y el suelo destruido; las dríades se movían con ligereza y gracia, mimetizarse con su bosque era innato en su raza.
El paisaje era desolador, todo era oscuro, nada de verdor y fragancias a flores ni trinos de pájaros. Los árboles morían a su alrededor cubiertos de llamas que se propagaban de unas ramas a otras. Dora ya veía a sus cuatro hermanas cogidas de las manos; el típico cántico melodioso invocando a los vientos para juntar nubes de tormenta. Pronto la lluvia empapaba la tierra y calmaba la sofocante temperatura. El fino cuerpecito de Dora no tenía el poder de sus queridas hermanas. Ellas curaban con un toque, influían en el tiempo. A Dora le dolía no poder sumar su poder al de sus hermanas.
No había nada a su alrededor, todo era negro y sin vida. Dora admiraba cada movimiento en el bosque, su bosque. Ella había nacido en él, al igual que sus hermanas. Dora era la más joven; una muchacha de pelo encrespado y nariz respingona. No poseía la belleza de sus hermanas, lo que añadía en gracia y perspicacia. Correteaba entre los árboles jugando con cada ser vivo que encontraba. Era un torbellino de vida; de cabello y ojos verdes como la hierba más fresca.
El fuego había sido provocado; las dríades lo sentían en cada fibra de su ser: los árboles no mentían. Los humanos no respetaban nada, la naturaleza era vida, la vida de todos y lo que ellos no pensaban era que cuando la tierra muriera ellos morirían con ella. Dora nunca entendería a la raza humana, eran mamíferos que ni siquiera estaban en armonía con su naturaleza y con la tierra, algo espeluznante.

El fuego de hacía un mes había dejado destrozado el bosque. El atardecer pintaba rosas y rojos en el cielo despejado de nubes. Lentamente los animalillos restauraban sus hogares. Una familia de conejos escarbaba en su nueva madriguera, mientras una pareja de petirrojos reconstruía su nido en un viejo roble. Un castor se afanaba en llevar trozos de madera a su presa arrastrada por las aguas.
Faltaban pocos días para el comienzo de la primavera, la mejor época para una dríade: sus poderes curativos estaban en pleno apogeo. El cuerpo de Dora rezumaba energía haciendo que un bello canto saliera de su garganta dando fuerza y esperanza a los árboles, las plantas y los animales para remontar el desastre y dejarse llevar por el resurgir de la nueva estación. La raza de las dríades se afanan por proteger, cuidar, mimar a cada ser vivo parte de la naturaleza, en especial a los árboles que les dan a cambio su refugio.
Su radiante melodía se extendía por cada rama de árbol curando sus heridas, haciendo que la rica sabia goteara por todos los orificios. Los insectos empezaban a revolotear por doquier adueñándose del aire cálido.
Al contrario de lo que pensaban sus hermanas, Dora era diferente en otro sentido. No poseía los poderes de las dríades, gozaba de su propio poder. Hacía pocos días que lo había descubierto. Estaba en el ensanche del río observando a dos patos que se zambullían en busca de alimento. Tan ensimismada en la perfección de sus movimientos pesqueros que sintió como si abandonara su cuerpo. Un escalofrío la recorrió y comenzó la metamorfosis.
Asustada como estaba, el corazón le martilleaba fuertemente en el pecho. No sabía qué le estaba ocurriendo:
Se encogió de tamaño, mientras las manos se le llenaban de plumas duras y los pies se le palmeaban. El plumón le cosquilleaba en el pecho y cuando intentó chillar un graznido salió de su garganta. Los patos del remanso se volvieron hacia ella. Dora no sabía si podría comunicarse con ellos ahora que parecía un pato y lo que era más importante, ¿sería un pato para siempre? El pánico la inundó unos segundos, pero como era una dríade práctica prefirió respirar hondo y disfrutar de su nuevo yo. Ya se preocuparía luego de poder volver a su cuerpo o avisar a sus hermanas si era necesario.
Caminó hacia el agua, indecisa. En su mente evocó una imagen de camaradería hacia los otros patos y de su pico surgieron unos débiles graznidos. Los patos parecieron relajarse e incluso contestaron a su llamada y ella los entendió, ¡era algo increíble!
Se zambulló en el agua fría y le encantó. Jugó como un patito aprendiz hasta que estuvo agotada, entonces se relajó y nadó hasta la orilla observándolo todo con sus nuevos ojos, desde otra perspectiva.
Mientras chapoteaba, había pensado mucho sobre la trasformación y en cómo revertirla. Salió del río y se quedó quieta. Recordó su cuerpo, la sensación salvaje y natural de ser una ninfa. Dejó fluir esos pensamientos y olvidó el resto. Igual que había ocurrido la primera vez, pero a la inversa, sus alas se transformaron en brazos con un ligero escalofrío; sus piernas volvieron a ser largas y el pelo puntiagudo volvió rebelde a su cabeza.
Por fin tenía un don e iba a asegurarse de explotarlo al máximo.
Salía todas las mañanas en busca de pequeños animales en los que poder transformarse. No se le resistía nada. Había probado con conejos, ratones, ardillas, los animales pequeños eran fáciles. Luego probó con insectos. Era algo más complicado observarlos, pero pronto fue como un juego. No había pasado un mes que ya estaba aburrida de los pequeños animales, quería algo grande.
Los ciervos eran sigilosos, se dejaban ver de vez en cuando. Usó su fino oído para localizar alguno y se dirigió hacia el lugar. Entre unos matorrales encontró unas hembras jóvenes con las que practicar. A lo mejor, con años de práctica conseguía la metamorfosis sin tener que observar al modelo. Volver a su cuerpo era fácil, lo conocía a la perfección, pero transformarse el otro ser necesitaba de toda su concentración.
Se concentró en un hermoso ejemplar, ágil y de músculos fuertes; estaba mordisqueando unos brotes tiernos. El escalofrío empezó en todos los nervios de su cuerpo, aunque le resultaba más cansado que con animales pequeños, pronto creció pelo en toda la piel. Sus músculos eran pura fibra y su tamaño aumentó velozmente, berreó llena de alegría. Probó el cuerpo del animal lanzándose a la carrera y subió por una pendiente rocosa. La brisa soplaba levemente, a su olfato llegaban aromas a pino, florales.
Desde lo alto del risco observó todo a su alrededor. Oyó el fresco canto de sus hermanas que correteaban de árbol en árbol, pronto tendría que reunirse con ellas o saldrían en su busca. Las ranas croaban entre embarrados charcos y los trinos de los pájaros llenaban el cielo de colores brillantes. Todos los sonidos y los olores que reinaban eran un himno a la vida, era precioso.
Lo decidió en ese mismo instante, se dirigió decidida al claro donde sus hermanas se divertían. Las cuatro se parecían bastante, eran esbeltas, de suaves curvas. El color de pelo y ojos iba desde el verde pino, pasando por el dorado y tierra rojiza hasta el azul eléctrico de la hermana mayor. Formaban un cuadro pintoresco entre pájaros y mariposas de colores revoloteando a su alrededor.
Cuatro pares de ojos se volvieron hacia la cierva que se dirigía a ellas, la sorpresa no fue que la bestia se les acercara, era algo natural para una dríade estar rodeada de animales, lo extraño fue la sutil sensación de hermandad. La cierva se plantó frente a ellas y sin previo aviso, se irguió. El pelo canela dio paso a la suave piel de Dora y su rostro y extremidades volvieron a la normalidad en cuestión de segundos. Sus hermanas parecían desconcertadas, pero no les dio tiempo a réplicas.
- Sé que este no es el poder que esperabais ver, pero quiero que lo aceptéis como parte de mí misma – su voz cantarina intentaba desesperadamente sofocar el pesar que sentía – Os quiero y también adoro mi don…
La melena azul de Oda cubrió su semblante cuando empezó a reír. Estrechó a Dora entre sus brazos mientras las carcajadas resonaban en sus oídos como alegres campanillas.
- ¡Estoy orgullosa de ti, hermanita! – si Oda, que era la más estricta, se tomaba así de bien su diferencia, no debía preocuparse de las demás.
Oda le explicó que las dríades metamorfas son casos especiales que se dan en uno de cada mil nacimientos y que es un don sorprendente. Poder comunicarse tan íntimamente con los animales era una gran ayuda para mantener su hábitat a salvo. Sus hermanas sentían que hubiese pasado sola por la fase de aprendizaje, la apoyaban y la ayudarían para poder combinar sus poderes con el suyo en apoyo de los seres vivos a los que protegían.
A partir de entonces, Dora hacía lo que deseaba con el amor de sus hermanas y ayudaba a la prosperidad de su bosque.

Una ardillita de ojos verdes revoloteaba de rama en rama atraída por unas voces y risas infantiles. El calor era asfixiante, pero no impedía a dos niños jugar al balón con un muchacho de pelo tan rojo como el fuego.
Los niños corrían tras el balón intentando escabullirse del chico mayor, él no se daba por vencido y los perseguía con movimientos graciosos y ágiles. Algo en él hizo que el corazón de Dora diera un vuelco, había algo familiar en sus ojos color aceituna. Era alto y bien proporcionado, el tono de su pelo era extraño para un humano, pero ella se detuvo a contemplar embelesada sus matices rojizos. Tenía una mandíbula firme y grandes facciones que combinaban pícaramente cuando sonreía e iluminaba sus ojos rasgados. Dora movió su pequeña cabeza de roedor cuando se dio cuenta que estaba fascinada por un ser humano.
- Simón, ten cuidado con los niños, ¡eres demasiado fuerte y rápido! – se oyó una voz femenina mientras el chico giraba la cabeza hacia la mujer y una sonrisa se dibujaba en sus labios cincelados.
- Tranquila Magda, ¡los niños son elásticos! – su voz era melodiosa y rítmica, invitaba a escucharle. Dora estaba cada vez más intrigada por los extraños en su bosque.
La mujer era joven y sostenía un bebé, ya grande, entre sus brazos. Le canturreaba y el pequeño reía lleno de gozo mientras agitaba unas florecillas en sus manos regordetas. Su madre llevaba un vestido ligero y el pelo recogido en una coleta, su expresión era de felicidad al contemplar la carita del bebé. El niño se acercó más a ella, como pidiendo algo, la mujer sacó uno de sus pechos, era redondo y parecía suave al tacto; el bebé estaba encantado cuando lo apretó en sus puñitos y se puso a mamar. Era una estampa preciosa, a ojos de Dora era un mamífero amamantando a su cría, pero había más. La relación era compleja, el entendimiento mutuo, la placidez y seguridad de dos seres conectados por el amor. Dora veía todo eso en cómo la madre miraba a su hijo, en cómo el niño de carita sonrosada se embebía del rostro de su madre mientras se alimentaba.
Los niños se acercaron corriendo. La mujer los miró con el mismo amor en sus ojos.
- Mamá, vamos a bañarnos – afirmó la niña quitándose la ropa y escabulléndose en el riachuelo a sus espaldas seguida por su hermano. La madre cambió su posición para poder observarlos mejor mientras los niños chapoteaban y se salpicaban agua riendo jubilosos.
- Yo me voy, nos vemos mañana – Simón se había acercado con la pelota en las manos y unas gotitas de sudor impregnaban su frente.
- Gracias, Simón, les encanta jugar contigo – la mujer lo miró con afecto.
- Yo disfruto mucho más, te lo aseguro.
Dora había perdido la concentración por completo, el pánico la inundó inexplicablemente. ¿Debido a que el muchacho se iba? Sus sentimientos eran tan contradictorios que no sabía que pensar; disgusto por la raza humana, pero a la vez atracción por esas risas, ese amor, el desinterés del muchacho al pasar tiempo con unos niños…
Cayó del árbol sobre sus ágiles pies, era difícil conservar la forma con el caos mental que mantenía en este momento. Alzó la cabeza y allí estaba él.
El chico de pelo rojo y preciosos ojos, ahora su nariz era más chata, sus orejas puntiagudas, algo más musculoso y sus piernas estaban cubiertas de pelo rojizo acabadas en grandes pezuñas; una especie de taparrabos de cuero cubría su virilidad. Sonreía abiertamente aunque con un matiz de timidez en su expresiva mirada.
- ¡Oh, divina naturaleza! – se sorprendió Dora, estaba más atontada que antes. Sabía que estaba delante de un fauno, sus hermanas le habían hablado mucho de otras criaturas que armonizaban con la naturaleza, pero verlo era diferente, por eso había sentido esa afinidad hacia él, pero tenía cuerpo de muchacho…
- ¿No te han enseñado que no está bien espiar a los demás? – la tímida sonrisa no abandonó su semblante. Era imponente, alto y a Dora le fascinó más que con su físico humano – Lo siento, no quise asustarte. Si te repulso, lo entenderé… las ninfas sois tan delicadas y no estáis acostumbradas a tratar con… - sus atormentadas palabras murieron en sus labios al contemplar la expresión como hipnotizada de Dora, mientras ella se acercó unos pasos y acarició el pelo que empezaba a bajar por sus caderas. Era suave y a Simón se le paró el corazón al sentir su caricia. No lo había tocado así nadie desde que su abuela murió.
- ¿Cómo estabas jugando con los niños con… piernas? – titubeó Dora.
- Tú podrías contestar primero cómo una traviesa ardillita con tu misma mirada me estaba observando – contraatacó Simón apartándose de su toque avergonzado.
- Bueno, sí, es mi don de dríade. Sé que es algo extraño, pero me gusta.
- Bueno, es mi don de fauno. Es más extraño todavía, pero me gusta.
- ¿Se puede hacer con seres humanos? – Dora estaba perpleja ahora y entusiasmada por hablar con alguien que compartía su característico poder.
- Es complicado, pero son mamíferos, ¿no?
Desde el momento en que conoció a Simón su vida cambió radicalmente. Sus hermanas no estaban de acuerdo de que se viera con un fauno y si hubieran podido, Dora estaba segura que se lo habrían prohibido. [...]"



Si os ha gustado os diré que no acaba ahí, más adelante subiré la continuación del relato. También la podeis encontrar en el libro de relatos que os he mencionado.
Un saludo.