miércoles, 14 de enero de 2009

Cuento de Navidad

Con las nieves también llegó la Navidad al pequeño pueblo de Juan. Las calles resplandecían con brillantes colores, los alegres villancicos canturreados por voces infantiles, el viento helado azotaba los árboles engalanados. Al abrir la puerta de su casa un aroma a galletas de jengibre y especias inundó el ambiente.
- ¡Mamá! – Juan entró vociferando seguido de su padre– ¡todavía tengo que escribir la carta a los Reyes Magos!... ¿y Papá Noel? ¿también me traerá algo, verdad? – eufórico corrió a los brazos de su madre, le encantaba la Navidad, especialmente los regalos. Su madre siempre le decía que era demasiado avaricioso, pedía tantos juguetes como le cabían en la carta, que debía ser más humilde y generoso para ser más feliz.
- Tendrás sólo un regalo, hay muchos niños y los Reyes no pueden traer tantas cosas. Además, tu hermana está enferma y parece que no te importe, lo primero es que ella se recupere.
Juan se dio la vuelta enfurecido y caminó hacia la ventana, donde se reflejaban las coloridas luces del árbol. Su hermana Alicia jugaba con los animalitos del Belén haciéndole compañía a Sofía que dormitaba en el sofá. Afuera las estrellas brillaban con fuerza.
- Ojalá tuviera todos los juguetes de todos los niños. No os necesito – susurró Juan pensando en lo injustos que eran sus padres.
En ese preciso momento una estrella fugaz surcó el cielo. Juan abrió la ventana invadido por un irrefrenable impulso. Una ráfaga de aire frío se coló al instante, mientras de la estrella descendió una diminuta silueta. Juan estaba atónito. Era un duendecillo de orejas puntiagudas, vestido de verde y rojo – con leotardos a rayas, chaqueta larga con un gran cinturón y botas de punta enroscada, un gorrito con grandes borlas le cubría la cabeza.
- Soy Desy, el duende de los deseos, vengo a cumplir el tuyo – y diciendo estas palabras la habitación se llenó de luz. Alicia levantó la cabeza y vio como su hermano desaparecía envuelto por un brillante resplandor.
Juan aterrizó en una mullida montaña de espumillón de colores. Cuando miró en rededor su estupefacción creció a la par que su entusiasmo. Las luces brillaban por doquier, los grandes árboles de Navidad lucían repletos de bolas, campanas, angelitos, bastoncillos de caramelo y multitud de bombones. Bajó de las guirnaldas y el espumillón amontonado en un rincón; observaba con la boca abierta a montones de duendecillos embalando juguetes, previamente fabricados por mágicos duendes, otros leían cientos de cartas y ponían nombres de niños en los regalos, varios duendes amasaban y cocían deliciosos dulces que impregnaban con su aroma el mágico ambiente. Había cientos de juguetes esparcidos por todo el mullido suelo enmoquetado, un trenecito eléctrico, barcos piratas, caballitos de madera, bicicletas, piezas de construcción, muñecas, vehículos… su sueño hecho realidad, Juan se puso a jugar sin parar, al rato paró pensativo, no era tan divertido como esperaba, no tenía a sus hermana, ni a sus padres para compartir sus juegos o admirar su pericia montando puzles. De repente Desy apareció a su lado adivinando sus temores.
- Ya tienes tu deseo. – le dijo con un cierto tono burlón en su voz – Ahora me gustaría mostrarte la habitación de los deseos – y mientras hablaba le condujo a una gran puerta dorada.
La sala estaba iluminada con la luz de miles de ventanitas, unas redondas, otras cuadradas o informes, y varios duendes se encargaban de recoger los deseos que las estrellas fugaces dejaban caer por cada ventana.
Juan no pudo resistir la tentación y se asomó a una ventana previa aprobación de Desy. Allí vio unos niños cantando villancicos con sus abuelos, parecían disfrutar mucho. Decidió mirar por otra, esto le gustó menos, varios pequeños hambrientos intentaban calentarse alrededor de la estufa oxidada de un hospicio y varios deseos entraban por la ventana. Podía oír cómo pedían comida, una casa caliente y una familia que los quisiera; Juan reprimió una lágrima, él había renunciado a todo eso. Por la ventana contigua, dos niñas adornaban un árbol junto a su madre que partía turrón. También oía algunos de los deseos que se pedían, como el de un niño en brazos de su madre que lloraba pidiendo que su padre trabajara menos para pasar más tiempo con ellos.
Desy le señaló una ventana rectangular y algo elevada, cuando se empinó a ella oyó un murmullo familiar. ¡Era su casa! Sus tíos y los abuelos llegaban a la cena, ¡se iba a perder Noche Buena! Estaban muy preocupados porque él no aparecía, entonces vio a sus hermanas, su madre les rogaba que dejaran de sollozar, que seguro que su padre y los demás encontraban a Juan. Ellas no dejaban de repetir, mirando a las estrellas, que querían a su hermano, que volviera con ellos. A Juan se le atascaron lágrimas amargas en la garganta, el deseo más grande era pasar su vida junto a su familia, no necesitaba juguetes nuevos, ni montones de dulces. Besar a su madre y que ella le acunara en sus brazos, escuchar los cuentos de papá y dormirse junto a ellos, abrazado a sus hermanas, eso era lo que necesitaba.
- Yo puedo concederte un deseo – le susurró Desy – si es puro y de corazón tu deseo se hará realidad.
- Deseo… deseo, volver con mi familia – su petición sonó ronca por las lágrimas, pero firme, mientras apretaba con fuerza los ojos.
Al abrirlos, estaba en el salón, junto al árbol iluminado. Sus hermanas seguían jugando con las figuritas del Belén. Corrió hacia ellas y las abrazó y besuqueó henchido de felicidad. Sofía no tenía fiebre.
Esa cena fue la mejor de su vida. Comieron, cantaron y bailaron, contaron cuentos. Sus padres estaban orgullosos de él, ya que en su carta sólo había escrito que quería estar siempre con su familia. Lo que él no sabía es que al día siguiente un magnífico trenecito le estaba esperando bajo el árbol de Navidad.